Cosas que hacer en Lisboa, y vivir para contarlo

10 septiembre 2010 at 12:37

Torre de Belém, uno de los muchos sitios donde no pudimos entrar
Creo que tendría unos diez años cuando fui a Lisboa. Cuando surgió la idea jamás nos imaginamos la odisea en la que iba a convertirse aquel viaje. Con el paso del tiempo se ha convertido en una gran historia que contar, pero hubo momentos en los que lo llegamos a pasar mal.

Le pidieron a mi padre que organizara un viaje a Lisboa y alrededores para un grupo de compañeros de trabajo y sus familias. Había buen rollo y la idea de montar un viaje barato sonaba bien. Mi padre lleva dentro un tour operador frustrado y daba coces por salir, así que aceptó y se puso a ello. Sobre el papel todo pintaba estupendamente. Visitaríamos Lisboa, Nazaré, Batalha…

Salimos desde Jerez hacia Lisboa en un autobús contratado. El conductor del autobús tenía una afición curiosa. Cuando iba por una carretera de tres carriles, y por el de enmedio iba un lentorro, se pasaba al carril de la izquierda y le obligaba por las bravas a pasarse al de la derecha. Muy divertido para los pasajeros, sí.

La primera grave nos la dieron antes incluso de pasar la frontera con Portugal. A pesar de haberlo recordado insistentemente mientras se organizaba y cerraba el viaje, una pareja llevaba los DNIs caducados. Y cuando digo caducados, me refiero a que por aquel entonces llevaban más de diez años caducados. Recuerdo haberlos visto mientras se los pasaban a mi padre: eran en blanco y negro, y el plastificado estaba abierto por todas partes. A los aduaneros les resultó tan simpático aquello que no les permitían pasar la frontera con esos documentos. Después de mucho negociar, conseguimos convencer… pero no a los aduaneros, sino a los merluzos de los carnés caducados de que tenían que quedarse allí y volver a Jerez por sus propios medios.

Al llegar a Lisboa, preguntamos al conductor si sabía seguro cómo llegar al hotel. Lo único que sabíamos era la zona en la que estaba, pero él decía que sabía perfectamente cómo llegar. Diciendo esto, vimos una señal indicando la zona donde estaba el hotel… y cómo nos la pasábamos de largo. No recuerdo el tiempo que estuvimos dando vueltas por Lisboa, tan sólo que llegó un momento en que paramos a un taxista y le pedimos que nos guiara hasta el hotel.

Entre el desastre fronterizo y el perdernos por Lisboa en autobús, llegamos al hotel tardísimo y destrozados del viaje. Ahí nos llegó la segunda… el hotel se negó a darnos las habitaciones. Habían tenido problemas en otras ocasiones con la agencia que usamos para hacer la reserva, y si no recibían el pago de la agencia, no había habitaciones. No habíamos cenado, no teníamos habitaciones, eran como las 11 de la noche, ¿cómo contactar con la agencia en Jerez a esas horas?

Por suerte, alguien conocía personalmente a uno de la agencia y lo pudimos llamar a su casa. Tuvo que ir hasta a la agencia y mandar un fax comprometiéndose al pago a primera hora de la mañana, cuando abrieran los bancos. Esta solución fue aceptable para el hotel, y por fin nos dieron las llaves. Las habitaciones estaban en las plantas 9 y 10 del hotel… y ahí vino la tercera: el ascensor estaba averiado.

Después de subir las maletas, bajamos en masa a tratar de cenar en el restaurante, que estaba cerrando… afortunadamente pudimos sobornar a los cocineros y camareros a base de botellas de vino fino que llevábamos en el autobús, cosas de ser un viaje de trabajadores de una bodega. Cenamos a las tantas, y a dormir.

O a intentarlo. El hotel estaba situado junto a las cocheras de los tranvías de Lisboa. Es decir, que todos los tranvías de Lisboa pasaban por delante del hotel y lo rodeaban para entrar en las cocheras. Fue sencillamente horrible, a pesar de estar en las últimas plantas.

Casi seguro que estos dos tranvías pasaron por debajo de mi ventana
No recuerdo bien el itinerario que seguimos. Lo que si recuerdo es que un grupo se puso pesado y hubo que cambiar el rumbo y pasar por Fátima. Esto nos obligó a cambiar de día la visita turística a Lisboa. Por desgracia, el día de Lisboa resultó ser lunes, y todo lo visitable en Lisboa, todo, estaba cerrado. No pudimos visitar ningún museo, ningún monumento, nada. Todo lo tuvimos que ver por fuera.

Y la visita a Fátima no fue mucho mejor. Después de estar dando demasiadas vueltas por Fátima (no hay mucho que ver allí), al subir al autobús hicimos recuento y nos faltaban dos del grupo: mi tía y una amiga, ambas ya con una edad. Viendo que no aparecían, nos fuimos a buscarlas y no estaban por ninguna parte, a pesar de que la zona de la iglesia no es tan grande. Lo que pasaba es que las calles que rodean la iglesia son concéntricas, y estaban dando vueltas en el mismo sentido que nosotros. Creo que las terminamos alcanzando porque andamos más rápido, no por otra cosa.

En Nazaré muchos insistieron en subir a la parte alta de la ciudad. Es una visita preciosa, sin duda, pero teniendo en cuenta el retraso acumulado, sabíamos que si íbamos no llegaríamos a tiempo de cenar en el hotel. Recuerdo a mi padre diciendo “lo siento, pero es que no nos da tiempo”. También lo recuerdo esperando en el autobús y diciendo “seguro que estos se han ido a la parte alta”. Sí, un grupito de rebeldes decidió hacer la visita, y tomarse unas copas, y mirar tiendas por allí… Al llegar al restaurante del hotel, de nuevo a la hora de cierre, entramos directamente con las botellas de vino en la mano. Coló, otra vez.

Sé que hubo más desastres, pero sólo recuerdo estos. Y dos cosas buenas. Lo bien que lo pasamos los niños del grupo quizás sea lo mejor. Lo segundo fue una decisión magnífica que tomamos en Batalha. Como para el resto de sitios, llegamos muy tarde, más allá de la hora decente para almorzar. Casi todo el grupo tiró para el centro histórico, pero mi padre dijo “si hacemos eso, no comemos porque habrá cerrado todo”, así que preguntamos en el primer restaurante que vimos. Tenía pinta de que iban a cerrar, pero dijeron que pasáramos.

Tengo aquel almuerzo grabado. El restaurante era sólo para nosotros, pedimos arroz y nos plantaron una cacerola hasta arriba, como para que comieran el doble de los que éramos. Estaba buenísimo, de los mejores que he comido nunca. Sé que hubo muchos más platos, todos exageradamente llenos de comida. Y para postre había una especie de mus mezclado con bizcocho, de varias capas, unas de nata y otras de chocolate… servido en un cuenco inmenso que no hubo forma de acabar. Ya podíamos hacer turismo.

Como decía un buen amigo, “con el tiempo de lo que te acuerdas es de la comida, así que más vale que comas bien”. Cuánta razón tenía.

Ah, mi padre no volvió a organizar otro viaje para los compañeros de empresa.